De Windows 95 a hoy: nadie tiene que quedarse afuera
Hay una imagen que no se me borra: la computadora de la casa arrancando, el ventilador sonando como un avión y, de pronto, aquel cielo azul con nubes blancas de Windows 95. Encender la máquina era un evento. Había que esperar, y esperar era normal. Uno no «usaba» la computadora a la carrera: uno se sentaba frente a ella como quien visita a alguien importante.
En ese tiempo la tecnología era un solo camino, y lo caminábamos juntos. Un botón de Inicio, cuatro programas, un solo teléfono en la casa. Todos aprendimos igual, equivocándonos igual, preguntándole al mismo primo que «sabía de computadoras». La tecnología avanzaba despacio y nos daba tiempo de alcanzarla. Crecimos socialmente con ella: la máquina y nosotros nos fuimos educando mutuamente.
Hoy pasa lo contrario. Abres el teléfono y hay diez aplicaciones para lo mismo, tres maneras distintas de pagar la luz, un código QR pegado en cada mesa del restaurante y una contraseña nueva que inventar cada semana. Miles de opciones, todas al mismo tiempo.
Para quien nació moderno, esa abundancia es una fiesta: escoge, compara, cambia cuando quiere. Pero para quien no aprendió la nueva tecnología a tiempo, la misma abundancia desubica. Y hace algo peor: descarta. El banco da por hecho que sabes usar la aplicación. El trámite da por hecho que tienes correo. Nadie lo decide a propósito; simplemente el mundo empieza a hablar un idioma que a ti no te enseñaron.
Sin querer queriendo
Aquí va algo que aprendí temprano: la tecnología no solo nos da opciones; también nos posiciona, sin querer queriendo. Te acomoda en un lugar de la fila sin preguntarte.
Mi historia con los BlackBerries es la prueba. Cuando yo tenía 16 años, en Anaco, el BlackBerry era el teléfono serio, y actualizarlo era un trámite que asustaba a cualquiera. Yo aprendí a hacerlo casi jugando. Y esa destreza pequeñita me posicionó: me volví «el chamo que sabe» de la cuadra. No lo planifiqué. La tecnología me acomodó en un lugar que con los años se volvió mi oficio, y después mi empresa.
Pero la moneda tiene dos caras. Así como a mí me acomodó adelante, a otros los fue moviendo hacia afuera sin que nadie firmara esa decisión: la señora que siempre pagó sus servicios en una oficina que un día cerró «porque ahora todo es en línea»; el señor que manejó su negocio durante treinta años con una libreta y ahora le piden facturar por internet. Gente capaz, gente que sabe hacer cosas que ninguna aplicación sabe hacer, quedándose afuera porque la puerta se movió de lugar.
Nadie tiene que quedarse afuera
Y aquí está lo que de verdad quiero decirte: quedarse afuera no es una condición, es una situación. Las condiciones se cargan; las situaciones se cambian. Y esta se cambia con algo muy simple que la tecnología no trae en la caja: una persona con paciencia al lado.
Lo veo cada semana. La misma persona que jura que «no sirve para esto» manda su primera factura por correo, hace su primera videollamada, ve su negocio aparecer en internet. No cambió ella; cambió el trato: alguien le explicó sin apuro, en su idioma, sin hacerla sentir mal por preguntar.
Para eso existe Reyes Project. Desde 2008 mi trabajo es el mismo, aunque los aparatos cambien de nombre: acercar la tecnología a las personas. Si el mundo digital te dejó atrás, no fue culpa tuya; te faltó alguien que te lo acercara. De eso nos encargamos nosotros: con calma, por WhatsApp y sin palabras raras.
La próxima vez que un aparato te haga sentir fuera de lugar, acuérdate del cielo azul de Windows 95. Todos empezamos ahí: esperando, sin entender nada, frente a una pantalla nueva. Nadie nace moderno; todos aprendemos con alguien al lado. Aquí estamos para eso.
— Alexis